lunes, 21 de diciembre de 2015

Polaroid pictures

Sé que te tiene a ti en sepia,
tal vez a él en blanco y negro,
sus fotos incluso plateadas,
sé que nos tiene a todos,
y nos más que algún otro
de cualquiera de nosotros.
¿Recuerdas al hombre ciego,
el que lleva a su perro?
O, por ejemplo, a la chica,
la pelo largo, que colecciona hadas.
Incluso al niño de las canicas,
el de la pelotita azul que enseña.
Las imprime y las guarda,
en su pared la he visto pegarlas.
Tal vez planea asesinarles,
he visto a veces su roja tache.
Bueno, no matar en sentido literal:
le gusta romper corazones,
con lentitud, supongo que ha de tener sus razones,
vaya que las tiene.
Ella soy yo, y sé muy bien
qué es lo que quiere.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Three wishes

{1} I wish I wasn't such a narcissist.
{2} I wished I didn't care all the time.
{3} This year, I wished to be dead, and they clapped without knowing...

martes, 8 de diciembre de 2015

Alimentary alphabet

Apples and almonds
are always an amazing
agony.

Bubblegums before bacon
because "blah" blinds bloody
badbyes.

Chocolate cake:  can
candies chew colorful
cryings?

Diamonds dinning ding dongs
during day, don't date datil
demons.




lunes, 7 de diciembre de 2015

Hunger, hunger, hunger

I'm bloody thirsty,
I know you're too.
Our guts are hungry
asking for broken pieces,
broken souls and broken hearts.
I need to breathe,
lots of lasts
and goodbye kisses.

[Por:  :):]

miércoles, 2 de diciembre de 2015

"El otro yo" Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
FIN